¿cómo influyen las discusiones de los padres en los hijos?

niño tristeEs importante normalizar los desencuentros en la pareja. Las desaveniencias conyugales es algo que hay que ver como “normal” desde el momento en que entendemos que las relaciones entre personas tienen puntos de acuerdo, pero también puntos de desencuentro. El mito de la “media naranja” no es más que eso… un mito.  Cada persona tiene una historia detrás, unas experiencias, una familia, unos amigos, unos éxitos y unos fracasos que han marcado decisivamente una determinada manera de relacionarse con los demás, incluyendo la pareja.  Lo importante no es que existan conflictos sino cómo se abordan los conflictos.

Es a la hora de abordar los conflictos conyugales cuando se descubre el estilo de comunicación y de afrontamiento de los problemas existente en una pareja. Los reproches, las generalizaciones y los estilos de comunicación pasivo-agresiva están a la orden del día.  Cuando las discusiones, las discrepancias de pareceres exceden los umbrales de la buena educación, la escucha activa y el debate, a menudo nos encontramos con gritos, faltas de respeto, llantos o “te dejo de hablar”. ¿cómo influye todo eso en los hijos?.

Para empezar, los hijos, por pequeños que sean no son ajenos a las discusiones. Pueden no entender el contenido de la discusión, pero entienden que existe una discusión. Cuando los niños ven que sus dos referentes discuten pueden tener lugar varias consecuencias, a corto y largo plazo, puesto que de ser frecuentes, marcarán la forma en que el niño se relacionará con los demás en el futuro.

  • Los niños se desorientan. Si Papá y Mamá lanzan mensajes diferentes y no sabe a quién hacer caso. Las discusiones entre los padres crean un estado de indefensión en el niño, puesto que se ve impotente para evitar que sus dos referencias más importantes discutan. El mundo interno del niño tiembla. 
  • Los niños aprenden pautas de relación. Si papá y Mamá se gritan, el niño aprende a gritar en caso de desacuerdo. Más tarde, el grito puede convertirse en agresión, en hacer valer su argumento por la vía de la imposición o de la fuerza.  Si los papás debaten, el niño aprenderá a dialogar como mecanismo de afrontamiento de los conflictos.
  • Si los papás lloran, el niño aprenderá a descargar emocionalmente mediante el llanto.
  • Si los papás se dejan de hablar, el niño aprende que el silencio y el ignorar a la otra persona es un modo de resolver problemas.

Hace poco unos padres me explicaban que se habían dejado de hablar durante 1 mes, pero que sin embargo, cada uno de ellos individualmente había mejorado la relación con las hijas: “durante ese mes la relación con mis hijas era como una balsa… eran obedientes, se portaban bien….”.  ¿Por qué cambian las hijas en su comportamiento?. Pues una posibilidad muy probable es que las niñas crean tener cierta responsabilidad en las discusiones de los padres; ¡culpa!, y por ello hacen lo posible para no irritar a los padres.  También puede generarse miedo: que las niñas sientan miedo ante la posibilidad de que sus progenitores les dejen también de hablar a ellas cuando no hacen las cosas bien.

En cualquier caso, INDEFENSIÓN, CULPA y MIEDO son palabras mayores para cualquier persona, y máxime para un menor, en pleno desarrollo de sus esquemas de razonamiento y relación.

Conclusión: la discusión entre los padres es normal, pero hay que aprender a no enviar mensajes contradictorios a los hijos, afrontar las discrepancias de forma civilizada (cualquiera que sea el motivo de discusión), y por supuesto, nunca discutir ni delante de los hijos, ni dejar que visibilizen u oigan la discusión o sufran las consecuencias de una comunicación pasivo agresiva y de unas emociones paternas y maternas mal gestionadas.

En cambio, aprender a gestionar las discrepancias y los conflictos de forma asertiva y constructiva es uno de las mejores enseñanzas que se le pueden inculcar a un niño. 

 

 

 

 

¿Tus relaciones son tóxicas o nutritivas?

toxicasLas palabras tienen un gran poder sobre las personas (incluídos nosotros mismos). Las palabras son capaces de motivarnos o de hundirnos en la más absoluta de las miserias. En la vida, nos relacionamos con personas positivas. Hablar con ellas ya te alegra el día. Pienso ahora en algunas personas que merece la pena haber conocido. Se trata de personas “nutritivas”, ya que nutren tu mente y tu alma de positivismo, haciendo que una sonrisa se dibuje en mi cara de forma natural.

Frente a estas personas nutritivas, encontramos las personas tóxicas. Son aquellas que llevan una gran mochila de rabia, rencor, y mal rollo. Siempre tienen razones para trasladarte su negatividad, su frustración, su envidia. Nada les parece bien, y su única motivación en la vida es ir repartiendo basura mental, llena de bacterias y de virus psicológicos. Lo peor de estas personas es que ellas creen que están bien. Siempre justifican sus malos rollos en los actos de los demás, porque ellas siempre lo hacen todo bien.

Así como las personas nutritivas hay que cuidarlas in extremis, pues sólo crecen cuando se las cultiva, las personas tóxicas abundan a nuestro alrededor, pues son como la mala hierba. Puedes saber si estás con una persona tóxica cuando nunca reconoce nada positivo en tí, cuando nunca te alaba, y cuando sólo se dedica a resaltar tus puntos negros. Las personas tóxicas son inflexibles en sus planteamientos: siempre tienen razón, y todo lo que hacen o dicen está justificado. Nunca aceptan una sugerencia y siempre dan consejos, también tóxicos.

Es importante reconocer ambos tipos de personas, ya que una persona tóxica te traslada, sin que apenas te des cuenta, toda su negatividad. ¿No os ha pasado que tras haber hablado con una persona (tóxica) os habeis sentido muy intranquilos, tensos, nerviosos y de mal rollo?. ¿No os ha dolido la cabeza o el estómago tras hablar con alguna de estas personas?. En efecto, su actitud negativa es muy contagiosa, y por tanto hay que apartar las personas tóxicas o tener la habilidad de construir un muro mental ante sus influencias.

Un segundo tipo de personas tóxicas son aquellas que siempre te están pidiendo ayuda y siempre quieren dar lástima. Todo lo que les pasa en la vida son desgracias. Por mucho que les sugieras cambiar en sus hábitos y costumbres, son pasivos y autocomplacientes. Creen en la suerte (la buena y la mala), y como la buena suerte sólo persigue al que se esfuerza, a menudo se encuentran en problemas críticos que requieren de tu ayuda. No hay nada peor que ayudar a una persona tóxica que no quiere cambiar, porque te arrastrará a su pozo, y mientras ella encontrará a otro “pardillo” que la ayude, tú seguirás en el pozo. Estas personas tóxicas, también conocidas como “cuentaproblemas” normalmente aparecen disfrazadas de “amigo”. Son esos nuevos amigos que surgen sólo para que les ayudes aprovechándose de la generosidad de tu alma. No los busques si en algún momento necesitas de ayuda: “ellos nunca pueden ayudar porque ellos siempre consideran que están peor que tú”.

Cuida el jardín de tus relaciones, evita que las personas tóxicas crezcan a tu alrededor, y no las confundas con aquellas personas nutritivas que están pasando por un mal momento. Reconocerás a estos últimos porque aunque tengan problemas, siempre están dispuestos a escucharte y ayudarte. Lo dicho, arranca las malas hierbas y abona las relaciones nutritivas. Tu huerto mental se lo merece.

No tengas miedo: “aplaza” tu impulsividad.

La impulsividad puede mostrarse en forma de conductas inapropiadas, enfados excesivos, agresividad e ira. Si quieres comportarte así ¡adelante!, pero hazlo mañana, una vez hayas sopesado los pros y contras de tal conducta,

¿Actúas de forma impulsiva?. ¿La impulsividad te lleva a tomar decisiones equivocadas?. Es lógico. Si actúas impulsivamente tus decisiones se basan en muy pocos datos.

En este post hablamos de los beneficios de “aplazar” la impulsividad.

Las decisiones que tomamos en la vida se basan en razonamientos previos. Mediante esos razonamientos, las personas tomamos las decisiones que creemos mejores para conseguir nuestros objetivos, para satisfacer nuestros intereses.

Cuando actúamos impulsivamente, lo que realmente hacemos es actuar sólo bajo la influencia de las emociones, pero dejamos a un lado, el razonamiento lógico, el razonamiento analógico, la construcción de escenarios… en definitiva, decidimos cosas sin pararnos a pensar.

 

Decidir impulsivamente no es actuar por intuición. La impulsividad ha estado equivocadamente unida a un cierto pensamiento romántico basada en una idea (irracional) que nos dice que actuar por impulsos es dejarse llevar por el destino. El problema es que el “destino” es una invención del hombre para definir aquellas cosas que nos pasan cuando no hemos planificado, ni razonado anteriormente, por lo que las probabilidades de que el destino nos depare unas consecuencias positivas se reducen notablemente.

Si nos dejamos llevar por las emociones, observaremos que el miedo es una de las fundamentales. El miedo a veces nos paraliza, pero otras…hace que nos lancemos de golpe a la piscina, sin mirar primero si hay agua. La buena notícia es que si nos fijamos un poquito, podremos saber cuándo estamos a punto de tomar una decisión basada en el miedo de forma impulsiva, ya que existen algunos signos observables de su presencia:  se acelera la respiración, tenemos un cierto estado de inquietud, nos preocupamos excesivamente, pasamos de 0 a 100 en milésimas de segundo.

Otra buena noticia es que sólo hay unas pocas situaciones en la vida que nos obliguen a actuar de forma impulsiva, como por ejemplo, si nos encontramos delante de un león que está a punto de atacarnos, o si estamos ante un asesino que pretende descuartizarnos.  Esas serían buenas razones para actuar deprisa. El resto de situaciones de la vida en las que actúamos de forma impulsiva realmente debemos afrontarlas con algo más de reflexión.

Cuando observes estos signos, detente 5 minutos: respira profundamente 10 veces haciendo que tu expiración dure el doble de tiempo que tu inspiración. Céntrate sólo en la respiración, y en el momento presente. Observa tu respiración como si tuvieras que hacer un trabajo después en el que tuvieras que describirla.

Cuando acabes ese ejercicio, piensa en el problema sobre el que quieres actuar e imagina las consecuencias de cada una de las posibles decisiones que puedes tomar. Toma tu decisión evaluando los pros y contras. Verás que el destino te sonríe más que antes.

 

Celos “bestiales”

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Los celos no son una emoción únicamente humana, tal y como ha demostrado un estudio de dos científicas de la Universidad de San Diego (UCSan Diego), en EE.UU. En efecto, mediante su experimento, han demostrado que los perros experimentan celos cuando sus dueños muestran afecto hacia un perro de peluche, al que perciben como un rival. Los que convivimos con perros ya lo sabíamos, pero ahora queda científicamente probado.

¿Por qué se dan los celos?: tanto en humanos como en canes existe un instinto innato de supervivencia, que nos hace ser competitivos ante otros miembros de nuestra especie. Las relaciones sociales importantes (las materno-filiales, amistades, o a de pareja) nos satisfacen algunas de las necesidades consideradas básicas tanto en perros como humanos: las de alimentación y cuidado, las afectivas y las sexuales. Cualquier competidor puede poner en serio riesgo la satisfacción de estas necesidades básicas. Nuestra reacción es la activación del sistema nervioso simpático ante lo que consideramos una amenaza, y por ello, reaccionamos con una activación vegetativa exagerada, y en muchas ocasiones con agresividad (los celos son la tercera causa de homicidios).

Sin embargo, lo que encontramos curioso e incluso divertido en nuestras mascotas caninas, porque consideramos sus celos como una señal de cariño hacia nosotros, no lo es tanto en los celos humanos.

Aunque hay hombres y mujeres que perciben en los celos de su pareja una señal de amor, la gran mayoría de personas que conviven con parejas altamente celosas perciben que los celos son señal de desconfianza y de egoismo de una persona que se cree propietaria del afecto. Aunque no existen datos acerca del índice de rupturas que se deben a los celos, sí que podemos afirmar que en todas las parejas en las que se manifiesta de manera recurrente los celos, los interrogatorios, la desconfianza, y en ocasiones, el espionaje (whatsapp, agendas, correos…), la relación de pareja se deteriora.

¿Cómo hacer frente a los celos? Los celos esconden un miedo a la pérdida de un ser querido y de las necesidades que nos satisface. Para intentar sentirse seguros, las personas celosas proceden a un ritual de pesquisas e interrogatorios encaminados a “descubrir” cualquier indicio de infidelidad en las parejas. A menudo, las parejas acceden (con desagrado) a colaborar en tales pesquisas, ofreciendo respuestas detalladas de lo que se ha hecho durante el día, con el objeto de aplacar los celos de su pareja. Sin embargo, mediante esta acción no se consigue nada más que “mantener e incrementar” los celos, y acostumbrar a la pareja celosa a seguir preguntando e interrogando cada vez que en su mente se construye una mórbida idea celosa.

Lo mejor que se puede hacer obviamente es acudir a tu psicólogo de referencia para intentar trabajar aspectos como la confianza, la autoestima, el respeto, la comunicación y poner en cuestión creencias irracionales y mitos socialmente construídos sobre la vida en pareja. Además de ello, se debe proceder a una “extinción” de la conducta del sujeto celoso (la interrogación, el continuo cuestionamiento,…), que se consigue cuando el celoso no puede obtener la seguridad que necesita, cuando la pareja se niega a detallar su agenda, sus contactos y sus actividades diarias. Obviamente, esta negativa es dura para la persona celosa, pero con la repetición de esta secuencia, aprende a no buscar seguridad sobre su pareja en la “investigación”, algo que sin duda agradecen enormemente las parejas de las personas celosas.

Es evidente, que paralelamente hay que ayudar al celoso a aplacar su ideación fantástica proporcionando seguridad en si mismo/a, autoestima, y comprensión acerca de las relaciones afectivas.

¿Te atreves a descelarte?

Tres obligaciones que nos hacen infelices.

autoexigenciasUna de las claves para alcanzar el equilibrio emocional es deshacerse de todas esas creencias “irracionales” que manifestamos en forma de autoexigencias o “debería”.

La primera de ellas es “debo hacer las cosas bien“. No existe ninguna ley natural que nos obligue a hacer las cosas bien. ¿Es preferible hacerlas bien?. Por supuesto…pero veámoslo como una preferencia y no como una exigencia, y de esta forma no nos culpabilizaremos ni a nosotros ni a los demás de nuestros errores. Errar es tan humano como aprender de los errores. De hecho, analizar y aprender de nuestros errores es lo único que debería convertirse en una exigencia, pero en modo alguno “tener que hacer las cosas bien”. Tal exigencia irracional normalmente la acompañamos de frases auto-saboteadoras como “no hago nada bien”, “nada me sale bien”, “que torpe soy”. Extirpar de nuestra mente la autoexigencia y el diálogo interno negativo es un primer paso.

La segunda exigencia o creencia irracional es “deben tratarme bien“. Esta exigencia se basa en una hipótesis improbable: “si todo el mundo me conociera como yo me conozco, sabrían que soy una buena persona, y me tratarían bien por ello”.  Como todos ustedes sabrán: nadie nos conoce como nosotros mismos lo hacemos, y aunque no fuera así, nadie ni nada obliga a que le caigamos bien a los demás, o que les guste todo lo que hacemos o decimos. De hecho, lo más normal es que haya gente a la que le caigamos bien, y gente a la que les caigamos mal. Pero además, aunque sería preferible que los demás nos traten bien, no se puede convertir en una exigencia, puesto que escapa a nuestro control. Más del 90% de mis clientes en consulta manifiestan que hacen cosas para caer bien y que los demás les traten bien. En lugar de eso: ¿qué tal si tratamos bien a los demás, sin esperar correspondencia? ¿qué tal si nos comportamos como somos realmente, y entendemos que no a todos les vamos a caer bien?. ¿qué pasa si no nos tratan bien?, ¿Es eso un desastre?. Absolutamente NO!: Esas personas pierden la posibilidad de conocer lo especiales que somos, y deben aprender de sus errores, pero nosotros hemos de seguir firmes en nuestro camino de autoconocimiento y desarrollo personal.

La tercera exigencia o creencia irracional es “Debo tener una vida fácil“. Normalmente, atribuímos a la mala suerte, a los demás o a nosotros mismos, el tener una vida cargada de complicaciones. La clave está en dividir qué cosas podemos hacer nosotros para que la vida sea más dulce en el futuro inmediato, sin perder de vista que todo no depende de nosotros. La vida está llena de cosas buenas que coexisten con otras malas. Las buenas hemos de disfrutarlas y de las malas hemos de aprender. Nuevamente, podemos manifestar esa idea en formato de preferencia: “preferiría que mi vida (o el mundo) fuera más fácil” pero jamás como exigencia, porque en ese caso siempre nos sentiremos defraudados y decepcionados por algo que es irreal. La vida y el mundo perfectos son aquellos en los que adquirimos la sabiduría necesaria para saber cuando debemos luchar para cambiar las cosas, y cuando debemos aceptar las cosas tal y como vienen.

Convierte tus “tengo que” y tus “debería” en preferencias. Vivirás más y mejor.

Baltasar Santos